Le pregunté otra vez a Bruno:
—¿Ya tienes preparadas las pruebas de los crímenes de Camila?
Él asintió, con los ojos llenos de un odio tan profundo que me hizo pensar que, si Camila apareciera en ese instante, él la apuñalaría sin dudar. Cuando lo vi decidido a testificar contra ella, me sentí aliviada.
Me volteé y vi a Mateo aún de pie, inmóvil, con el puño apretado con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Sentí un dolor en el pecho. Me acerqué y le dije en voz baja:
—Está bie