Estaba ahí sentada, pensando, cuando de repente Javier dijo eso. Me asusté y levanté la vista hacia él, lo que no esperaba era que me rozara la herida con el dedo.
Aspiré con fuerza por el dolor, mientras Javier me miraba.
—¿Por qué te pones tan nerviosa? —su sonrisa era extraña.
—No estoy nerviosa —respondí, fingiendo indiferencia, y seguí tomando la sopa.
Javier me parecía más aterrador ahora, mucho más que el Mateo de antes. Si podía evitar discutir con él, mejor. Quién sabe, si lo hacía eno