La cara de Mateo se mantenía serena, pero en sus ojos oscuros había una seriedad distante que hacía que nadie se atreviera a acercarse.
Indira me dijo en voz amable:
—Aurora, no te tomes a pecho lo que dijo mi primo. Él siempre habla sin filtro. Te pido disculpas en su nombre.
Retiré la mirada del cuerpo de Mateo y respondí con calma:
—No pasa nada.
Indira sonrió. Esa sonrisa era de verdad elegante, casi como la de una reina. Luego se volteó hacia Mateo:
—Mateo, tu pierna aún no está bien. Permí