Escuché todo lo que dijo:
—Espérame, voy enseguida.
Y sin pensarlo mucho, se apartó de mí como si nada, sin una pizca de culpa, como si ni siquiera importara que yo estuviera ahí.
Ni siquiera se tomó el tiempo de mirarme, se vistió rápido y salió sin voltear.
La puerta se cerró, y el cuarto quedó en completo silencio.
El aire seguía denso, la cama hecha un desastre, y los besos marcados en mi piel solo me recordaban lo patético que fue todo.
Sentí un nudo en la garganta.
Los ojos se me llenaron