No necesitaba levantar la vista para sentir lo intensa que estaba su mirada.
Ardía.
Yo solo pensaba en una cosa. Tenía que esconder esa prenda antes de que Mateo la encontrara.
Si no, iba a empezar a mirarme.
Pero ¿qué excusa podía inventar para sacarlo del cuarto y esconderla?
Estaba tan metida pensando que, sin querer, presioné demasiado fuerte su herida.
—¡Ah! —exclamó él.
Me asusté de inmediato.
—¿Estás bien? Perdón, perdón...
Mateo sonrió y me despeinó con cariño.
—Solo te estoy molestando