Lo miré, seria: —¿De qué hablas?
Mi padre casi no se atrevía a sostenerme la mirada. Aun así, habló fluido de una forma sospechosa, como si ya trajera el discurso preparado.
—Aurora —dijo—, lo pensé bien y creo que uno no puede vivir con la conciencia sucia.
Me reí, con sarcasmo:
—¿Así que ahora qué vas a decir?
Mi padre suspiró, todo teatral, y siguió:
—En realidad, yo sé que fuiste tú la que contrató a esas personas para empujarme a apostar, hacerme perder mucho dinero y dejarme acorrala