—¿Crees que montando esta escenita vas a ocultar que engañas a Bruno? —le dije.
—¡Ya basta, Aurora! —Carlos me gritó, desesperado.
—Te lo ruego, no sigas difamándola, ¿sí?
—¿Que no siga qué…?
Me reí.
Mi hermano de verdad confiaba en Camila más que en él mismo.
De la nada, Camila se sentó en la cama, abrazada a las sábanas.
Había llorado todo un río.
Si no conociera de sobra cómo era en el fondo, hasta yo me habría dejado engañar por esa imagen de mujer frágil y desdichada.
Con los ojos llorosos,