La mano de Ricardo que sostenía la taza se detuvo por un instante, luego asintió.
—Sí… por ese hombre llamado Gonzalo.
Al mencionar a Gonzalo, en sus ojos profundos pasó una sombra de tristeza y algo más difícil de describir.
—En ese entonces, la señorita Alma y Gonzalo… estaban profundamente enamorados.
La segunda mitad de la frase llevaba un matiz amargo.
—Pero después, ella descubrió que Gonzalo no era más que alguien enviado por el señor Pedro para engañarla y tenderle una trampa. El derrumb