—Dices que la amas y que la proteges, pero la mayor herida se la hiciste tú mismo. Ricardo, cuando la señorita Alma fue lastimada de esa forma, ¿de verdad no te dolió?
—¿Doler? —Ricardo sonrió con amargura—. Claro que me dolió… incluso más que a ella. Cuando supe que se había enamorado de Gonzalo, quise desenmascarar toda la conspiración y llevármela lejos sin importar nada. Nadie sabe cuánto lo envidié… y lo más irónico es que ese hombre fue elegido por mí, fui yo quien lo puso en su camino.
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