Me quedé mirándolo, no sabía cómo reaccionar.
El hombre frente a mí aún mostraba frialdad en su cara, la herida en su costado seguía sangrando, pero la forma en que me miraba era tan suave que parecía derretirse de ternura.
Siempre pensé que él sería quien más rechazaría a ese niño. Después de todo, era orgulloso, dominante, incapaz de tolerar la más mínima imperfección en una relación.
Pero, con la mayor firmeza, me hacía sentir completamente segura.
Mateo me pellizcó la mejilla y sonrió.
—Lueg