La avalancha había convertido el paso en un cementerio de nieve y metal retorcido.
James trabajaba junto a los rescatistas, con las manos ampolladas bajo los guantes mientras golpeaba el hielo.
Su mundo se reducía al ritmo del hacha: levantar, golpear, cavar... cada movimiento, una penitencia.
Los recuerdos lo asaltaban entre golpes: la risa de Sofía amortiguada por la nieve en Vermont, la vez que le dibujó ecuaciones en la palma para explicarle su investigación, sus lágrimas silenciosas en el