Las palabras que James Moretti había ensayado durante el frenético viaje en helicóptero, la excavación desesperada, la espera agonizante, se deshicieron como copos de nieve sobre piel ardiente.
De pie frente a Sofía, en el caótico escenario que dejó la avalancha, lo único que logró salir de su boca fue una disculpa cruda y desgarrada.
—Sofía —empezó, la voz raspada por el frío y el agotamiento—. Lo que pasaste... lo sé. El embarazo... lo sé.
—¡Basta!
Sofía lo interrumpió, la voz tan afilada como