Los dedos de James Moretti temblaban al recorrer el sello en relieve de los papeles de divorcio.
La mano de Victoria se posó en su hombro.
—James, no es más que una rabieta de una universitaria. Ya volverá arrastrándose.
—Tengo esposa. —las palabras le salieron como disparos. La apartó de un empujón, y el movimiento hizo añicos un jarrón de cristal. Los fragmentos se deslizaron por el mármol como los pedazos rotos de su matrimonio.
El aire le golpeó el rostro cuando salió a la calle. El Mercedes