Capítulo 3
POV: Janice Thompson

Cuando Roman terminó de almorzar, se duchó y se preparó para acompañar a mi tía al hospital. Me explicó que Miranda se debilitaría cuando comenzara la quimioterapia.

Roman se había tomado el día libre porque quería apoyar a su pareja durante su primer día de tratamiento.

Trabajaba como panadero en una panadería del mercado. Mi tía, en cambio, ya no tenía empleo. Había renunciado a su puesto como gerente de un hotel famoso de la ciudad de Olstead porque quería concentrarse en formar una familia con Roman.

La verdad es que era triste pensar que la razón por la que no habían logrado tener un hijo podía estar relacionada con el cáncer.

Mi tía me había contado que las relaciones sexuales con Roman ya no le producían placer. Por el contrario, sentía dolor cada vez que se acostaban.

Roman y yo habíamos hablado de muchas cosas durante el almuerzo, pero no podía dejar de pensar en lo que Miranda me había confesado. ¿A quién no le dolería que la penetraran con un pene tan largo, grueso y enorme como el suyo? Hasta yo sentiría dolor si Roman me penetrara.

Pero, según él, el dolor durante las relaciones sexuales podía ser uno de los síntomas del cáncer de cuello uterino.

—Janice, cuida la casa, ¿puedes? —me pidió Roman cuando estuvo listo para marcharse.

Acababa de ducharse y solo llevaba una camisa blanca y unos pantalones. Aun vestido de una forma tan sencilla, su presencia seguía siendo fuerte e imponente.

—Está bien. Cuídate, Roman —respondí mientras lo acompañaba hasta la salida.

Antes de marcharse, Roman se aseguró de cerrar el portón. Después entré en la cocina y puse todo en orden. Lavé los platos, limpié la mesa y acomodé las sillas.

La casa era hermosa y estaba muy limpia. Vivir allí sería maravilloso. Todo el lugar transmitía la tranquilidad del campo y yo ya disfrutaba de mi nueva vida en la calle Virginia, en Monte Campbell.

Primero limpié la sala y después continué con la planta alta. Al final, entré en la habitación que compartían Roman y mi tía Miranda.

La cama estaba desordenada y una parte seguía húmeda. Sospeché que se debía al semen y al sudor que Roman había dejado después de masturbarse.

Junto a la cama había una mesa pequeña con varios pañuelos de papel arrugados. Los recogí para tirarlos, pero me quedé inmóvil cuando descubrí que todavía estaban húmedos. El papel se pegó un poco a mis dedos y un escalofrío me recorrió la espalda, aunque no lo aparté.

La curiosidad pudo conmigo. Acerqué uno a mi rostro y percibí un olor extraño, algo fuerte.

—¿Qué clase de olor es este? —murmuré mientras fruncía la nariz.

Supuse que eran los pañuelos que Roman había usado para limpiarse el semen.

—Así que así huele el semen —susurré sin apartar la mirada del papel húmedo.

En lugar de alejarlo de mi nariz, continué oliéndolo. Era extraño, pero no pude detenerme. Nunca había olido el semen de un hombre y quería reconocer aquel aroma que hasta entonces solo existía en mi imaginación.

Los años que había pasado como sirvienta en casa de Imogen casi no me habían permitido tener experiencias con el amor o las relaciones. Jamás tuve la oportunidad de enamorarme porque dedicaba casi todo mi tiempo a atender a aquella familia.

Al menos había logrado terminar la universidad con el sueldo que aquella desgraciada de Imogen me pagaba. Yo misma había cubierto la matrícula y combinado los estudios con mi trabajo como su sirvienta.

Al principio habían prometido adoptarme. Pero todo cambió después de que Mason Fabre, el esposo de Imogen, murió. A partir de entonces, mi vida comenzó a parecerse a la de Cenicienta, con la diferencia de que en mi historia no había nada mágico. Ellos me trataban como una esclava.

Cuando se me pasó la curiosidad, metí los pañuelos en una bolsa de plástico y terminé de ordenar la habitación.

Entonces vi un bóxer sobre una silla. Era el mismo que Roman había usado horas antes. Lo recordaba porque no había podido apartar los ojos de él cuando bajó las escaleras. Casi sin pensarlo, me acerqué y lo recogí.

Todavía estaba tibio, lo que dejaba claro que se lo había quitado hacía poco. La tibieza de la tela se extendió por mis dedos y me aceleró el pulso. Cerca del centro, justo en la parte donde había estado su pene, noté una mancha húmeda.

La curiosidad volvió a dominarme y acerqué el bóxer a mi nariz. Quería saber cómo olía el pene de Roman.

El aroma era parecido al de su semen, pero también había algo diferente de fondo. No olía mal ni era agrio. Era un olor desconocido para mí, pero muy masculino. Roman debía cuidar mucho su higiene porque su bóxer no apestaba. El rastro de su semen era lo que predominaba en aquella parte de la tela.

En cuanto recordé que era el prometido de mi tía, dejé caer el bóxer. La culpa me apretó el pecho.

¿Qué estaba haciendo?

Sabía que aquello estaba mal. No debía desear al prometido de mi propia tía.

Concentré toda mi atención en acabar la limpieza y salí de la habitación apenas terminé.

Después fui a mi dormitorio y comencé a organizar mis pertenencias. Guardé la ropa y las demás cosas en el armario viejo. Luego acomodé mis productos para el cuidado de la piel sobre la cajonera de plástico que estaba debajo del espejo redondo.

Cuando todo quedó en su lugar, abrí la ventana para dejar entrar el aire fresco.

Desde allí podía ver la casa de nuestros vecinos. Respiré hondo y disfruté de la brisa mientras pensaba en la nueva vida que me esperaba.

—Por fin mi vida va a cambiar —murmuré con alivio—. Imogen, Anastasia y Francis ya no podrán volver a esclavizarme. Mañana a primera hora buscaré un trabajo. Necesito comenzar a ahorrar porque algún día quiero abrir un negocio aquí, en Monte Campbell. Todavía no sé a qué quiero dedicarlo, pero podré decidirlo cuando haya reunido suficiente dinero. Por ahora, solo debo concentrarme en encontrar empleo. Cualquier trabajo me servirá. Mientras pueda ganar dinero, no me quejaré. Lo importante es encontrar a alguien que quiera contratarme para comenzar cuanto antes.

Bajé otra vez y recordé que aún no había limpiado el baño.

En cuanto entré, vi la camiseta sin mangas y los pantalones cortos de Roman. Los recogí para llevarlos al cesto de la ropa sucia, pero al tomar la camiseta descubrí que aún estaba húmeda.

También la olí. Ni siquiera entendía por qué hacía algo tan extraño.

La tela olía a sudor, pero el aroma no era agrio ni desagradable. Solo olía a hombre. No sabía por qué, pero apreté la camiseta contra mi nariz.

Las manos me temblaban mientras olía cada parte de la prenda que Roman acababa de quitarse. Su aroma masculino era imposible de confundir y sentía que podía volverme adicta a aquel olor. Durante unos segundos, imaginé que olía el cuerpo de Roman en lugar de su camiseta.

A esas alturas ya había olido casi todo lo relacionado con él: los pañuelos manchados con su semen, su bóxer y ahora su camiseta.

Cuando reaccioné, volví a recordar el rostro de mi tía.

—Esto está mal, Janice. No seas así. ¡No debes desear al hombre de tu tía! —me reprendí con la camiseta entre las manos.

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