Capítulo 4
POV: Janice Thompson

Mi tía Miranda se veía cansada cuando regresó a casa con Roman. Apenas podía caminar y le costaba subir las escaleras, así que Roman y yo preparamos una cama para ella en la sala. De todos modos, prefería dormir en la planta baja porque subir y bajar solo acabaría con las pocas fuerzas que le quedaban.

Cada vez que la veía vomitar, me daban ganas de llorar. Ella trataba de tranquilizarme y me explicaba que era una reacción normal después de una sesión de quimioterapia.

Cuando Roman salía a comprar algo, yo le daba de comer a mi tía, pero apenas tenía apetito. Decía que todo le sabía a metal. A veces, incluso le parecía que la comida estaba echada a perder, aunque acabáramos de prepararla.

—Siento mucho todo esto, Janice —se disculpó con la voz débil y la mirada baja—. No quería sacarte de casa de Imogen para traerte aquí y que terminaras cuidándome. No tenía idea de que la quimioterapia pudiera causar efectos secundarios tan fuertes.

—Tía, no pienses así —le pedí mientras le acariciaba el cabello con cuidado—. Entre tú e Imogen, prefiero mil veces ser esclava de mi propia familia antes que de esa mujer malvada. Solo sigue luchando, ¿sí, tía?

Ella sonrió y asintió, aunque apenas tenía fuerzas.

—Yo… no sé cuánto tiempo podré soportarlo —admitió con la voz quebrada—. Esta fue mi primera sesión de quimioterapia y ya siento que no podré enfrentar la segunda. Me está costando demasiado, Janice. No creo que pueda resistir los tratamientos que siguen.

Cuando empezó a llorar frente a mí, se me hizo un nudo en la garganta. Un día antes había enfrentado a Imogen sin mostrar miedo. Ahora, verla sufrir de aquella forma me partía el corazón.

—Tía, tienes que seguir luchando —insistí mientras la miraba a los ojos—. Tú puedes hacerlo. Sé que puedes. Ayer fuiste muy valiente cuando enfrentaste a Imogen y también vas a superar esto. Sigue luchando. Nunca me cansaré de cuidarte. Nunca.

Después la rodeé con los brazos y la abracé con cuidado para no lastimarla.

Ese mismo día le conté que buscaría trabajo para ayudar a pagar su tratamiento y los gastos de la casa.

—Si quieres, podrías trabajar en el salón de belleza de mi mejor amigo gay —sugirió mi tía Miranda.

—Claro. ¿Quién es? —respondí sin dudar—. Haré cualquier trabajo con tal de comenzar de inmediato.

Mi tía me habló del salón de belleza de su mejor amigo, Kendall Yates. Me explicó que solo debía ir al mercado y buscar un enorme letrero rosa que decía «Ken's Salon».

***

Cuando llegué al mercado, comprobé que mi tía tenía razón. El enorme letrero rosa de la azotea llamó mi atención enseguida. Era imposible no verlo.

Me dirigí a la entrada y llamé a la puerta. Un hombre de cabello rojo intenso se acercó con rapidez y su rostro se iluminó al verme porque, al parecer, creyó que yo era una nueva clienta.

—¿Vienes a arreglarte el cabello? —preguntó con entusiasmo.

—No —respondí—. Vine a pedirle trabajo a Kendall. Soy la sobrina de Miranda Mayer. Ella me recomendó venir a hablar con él.

El hombre pelirrojo sonrió antes de responder con voz femenina.

—Pues llegaste justo a tiempo, chica —comentó con simpatía—. Nos hace falta otra asistente.

Parecía amable, así que entré.

—Acompáñame. Ken está tomando café en la oficina —me indicó mientras señalaba el pasillo.

Le di las gracias y me dirigí hacia allí. Cuando abrí la puerta, encontré a un hombre corpulento con el cabello teñido de verde.

Vaya. ¿Acaso llevar el cabello de colores llamativos estaba de moda en Monte Campbell?

—Mi mejor amiga acaba de llamarme. Muy bien, Janice, estás contratada —anunció Kendall con una sonrisa.

Sin previo aviso, empezó a llorar.

—¿Q-Qué pasa, Ken? —pregunté preocupada por su reacción.

—Mi mejor amiga acaba de contarme lo que le está pasando —explicó mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Ni siquiera me había dicho que tenía cáncer.

Estaba claro que los dos eran muy cercanos.

Me acerqué a Kendall y le froté la espalda para consolarlo.

—Dios es misericordioso. La tía Miranda se recuperará —le aseguré con la esperanza de tranquilizarlo.

—Tienes razón. Dios es misericordioso. Mi mejor amiga puede recuperarse —repitió Kendall antes de secarse las lágrimas—. Muy bien, Janice, comenzarás hoy. Nos hace falta alguien. Por ahora, ayuda a los demás. Se llaman Evelyn Atwood y Shirley Sawyer. Primero debes aprender lo básico sobre cortes, alisados y tintes. Cuando ya sepas lo que haces, podrás atender a los clientes por tu cuenta.

Asentí y volví a darle las gracias.

Al salir de la oficina, vi al hombre de cabello rojo esperándome en el pasillo.

—Me llamo Sherlock —se presentó con una sonrisa—. Pero no quiero que me llames Sherlock. Dime Shirley.

Después extendió la mano hacia mí.

—Mucho gusto, Shirley —respondí mientras se la estrechaba—. Haré todo lo posible por aprender lo necesario para trabajar aquí.

Al rato llegó una mujer. Supuse que debía de ser Evelyn. Intercambiamos saludos y ella también pareció amable.

Esa tarde, poco después de empezar a trabajar, entraron dos clientas que dijeron ser primas. Una quería teñirse el cabello y la otra necesitaba un corte.

Shirley me mostró lo que debía hacer. Me llevó hasta los estantes donde guardaban los productos para teñir, me explicó cómo se llamaban y el sistema que usaban para encontrar con más facilidad el tono indicado. También me advirtió que hasta las tijeras utilizadas en los cortes debían limpiarse y desinfectarse muy bien después de cada uso.

Ese día aprendí un poco de todo. Me esforcé por seguir cada explicación, aunque buscar entre tantos tintes y tonalidades acabó por marearme.

***

Cuando regresé a casa, ya eran las seis de la tarde.

Roman estaba sentado afuera. Miraba al frente sin prestar atención a nada y tenía los hombros caídos. Se veía cansado después de pasar el día cuidando a mi tía.

—¿Cómo te fue en tu primer día de trabajo? —preguntó al verme llegar.

—Todavía estoy aprendiendo, pero puedo con el trabajo —respondí.

—Así es al principio —comentó Roman con una sonrisa cansada.

—Tienes razón —coincidí.

—Bien, entra a comer —me indicó mientras se levantaba—. Tu tía y yo ya cenamos. No pudimos esperarte porque no sabíamos a qué hora regresarías.

Asentí y entré en la casa.

Mi tía Miranda ya dormía en la cama de la sala. No quise molestarla porque necesitaba descansar todo lo posible.

Mientras comía, Roman se acercó a mí.

—Janice —me llamó.

Que me llamara de repente me sobresaltó.

—¿Sí? —respondí mientras levantaba la mirada.

—¿Ayer limpiaste mi habitación? —preguntó.

—Sí —respondí mientras asentía—. No tenía nada más que hacer, así que limpié toda la casa.

Roman se rascó la nuca y desvió la mirada. Parecía muy incómodo.

—La… La próxima vez, deja que yo me encargue de mi habitación —me pidió con torpeza—. Esos pañuelos que estaban allí… Bueno, ya sabes… ¿Cómo te lo explico? Mejor deja que yo limpie mi cuarto de ahora en adelante, ¿sí?

Solo asentí.

Era evidente a qué se refería. Le daba demasiada vergüenza admitir que aquellos pañuelos estaban manchados con su semen.

Tuve que aguantarme la risa al verlo tan avergonzado.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App