Madisson
El aire de la sala era frío, más de lo que podía soportar. Las paredes blancas y lisas parecían cerrarse sobre mí, mientras el sonido del reloj en la pared marcaba cada segundo de mi interminable espera. Estaba sentada en una silla dura, con los brazos cruzados contra mi pecho en un intento desesperado de controlar los temblores que no habían parado desde que me bajaron del coche de Víctor.
Era imposible calmarme. Mi mente estaba atrapada en un torbellino de imágenes y recuerdos, cada