—¡Deja ya esas lágrimas he dicho! A todos nos conviene que des a luz a un niño sano, pero a ti aún más. No querrás que tu padre le deseche en la basura.
Las manos de mi madre se aferran en mis hombros y me zarandean de un sitio a otro. Luego, con dos cachetadas de mediana intensidad, me seca los restos del llanto.
Su método no ha funcionado. En lugar de calmarme, se acrecientan mis nervios. Estoy en shock. ¿Cómo podía ser diferente? Los que me torturan son mis padres. ¡Mis padres! Bien me hubi