Con una mano, sin dejar de sembrar sus caricias en mi cuello, Ahmed abre la puerta de su dormitorio. No niego que llevo conmigo un arsenal de temores y esperanzas. A la vez que deseo lo inevitable, tiemblo porque desconozco cómo reaccionará mi cuerpo luego de haber sido abusado por André.
Siento la presión del colchón bajo mi espalda y los pinchazos intrascendentes de las presillas que han caído de mi trenzado. Mi pelo pugna por ser parte de una fiesta a la que no ha sido invitado. Se escapa si