—¡Siéntate, he dicho, Amira!
Hemos llegado a su habitación; pero yo, de torpe, me he quedado parada porque no me lo creo. Es difícil comprender qué hago en este sitio. ¿Por qué razón Ahmed me ha traído justamente aquí, a su recinto sagrado, al refugio privado en el que esconde su propio yo?
Automáticamente, me dejo caer en un mueble frente a su cama. A pesar de que he estado antes en este sitio, no me suenan conocidos los blasones que penden de las paredes ni las letras que están escritas sobr