Las manos del doctor Arismendi se transformaron en fuego que recorrían la piel de Majo, encendiéndola como una hoguera, la boca de él besaba con parsimonia cada centímetro de su delicada y sedosa piel.
—He esperado mucho por este momento —susurró él al oído de ella.
—También yo —contestó Majo—, haz tus deseos realidad antes de que me arrepienta.
—No habrá vuelta atrás —musitó Salvador con su voz ronca varonil, la miró a los ojos con esa seguridad que proyectaba siempre—, estás a punto de hac