Después de compartir el almuerzo y que los chiquitines salieran al jardín a jugar con el resto de sus primos, Paula aprovechó para acercarse a ellos.
—Hola, no puedo creer que sean hijos de mi amiga Luciana y que esté viva —comentó con la voz débil—, ella y yo nos quisimos mucho, vivíamos juntas.
Dafne y Mike, dejaron de comer su helado, se miraron entre ellos, fruncieron el ceño.
—¿Eres la misma Paula que tenía una enfermedad incurable? —cuestionó Dafne.
Paula suspiró profundo, asintió.
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