Valeria Vega caminaba a paso firme por el vestíbulo del lujoso hotel de cinco estrellas donde se hospedaba en Seúl. El cansancio de un largo día de reuniones corporativas pesaba sobre sus hombros. Para ella, Corea del Sur era solo un frío tablero de negocios. Presionó el botón de subida del ascensor y, al abrirse las puertas metálicas, entró sin mirar mucho a su alrededor.
Solo quedaba un pasajero adentro. Valeria clavó la vista en la pantalla digital de los pisos, ignorando deliberadamente al atractivo joven de gorra negra y mirada profunda que compartía el cubículo con ella.
De repente, un crujido metálico sacudió la cabina. El ascensor se detuvo en seco entre los pisos 30 y 31.
Al principio, ninguno de los dos se inmútó, asumiendo que era un fallo menor del sistema. Sin embargo, un segundo después, las luces de emergencia parpadearon dos veces y se apagaron por completo. La oscuridad se volvió absoluta.
El aire pareció desaparecer de los pulmones de Valeria. Su claustrofobia latía con fuerza en el pecho, asfixiándola. Con manos temblorosas, intentó buscar desesperadamente su teléfono en el bolso para conseguir algo de luz, pero el pánico la traicionó. El aparato resbaló de sus dedos, cayendo al suelo invisible con un eco seco. Un ahogo salvaje la obligó a dar un paso a ciegas. Perdió el equilibrio y tropezó directamente contra el firme, cálido e imponente pecho del desconocido.
El impacto fue seco. El cuerpo que la recibió se moldeó con una solidez sorprendente, como si hubiera sido esculpido para sostener el peso exacto de una mujer asustada. Unas manos largas y firmes, con una fuerza contenida que delataba años de disciplina física, se cerraron alrededor de sus hombros con precisión, deteniendo su caída.
Valeria jadeó, buscando un aire que no llegaba. Su propio terror se mezcló con algo más primitivo cuando los dedos de aquel hombre se deslizaron hacia su nuca con una ternura inesperada, anclándola contra su torso.
—Respira —murmuró él. Su voz era profunda y cercana, vibrando directamente contra la sien de Valeria. Tenía un acento que bailaba entre el inglés perfecto y una cadencia oriental que le erizó la piel—. Estoy aquí. No te sueltes.
—No... no puedo... —susurró ella en un inglés fluido, aunque su voz sonó extraña, rota y completamente desnuda.
—Sí puedes —cortó él con suavidad pero con firmeza.
Hubo un sutil desplazamiento en el aire. El espacio íntimo que los separaba se redujo drásticamente hasta que sus caderas casi se tocaron. El aliento del hombre, con aroma a menta y a algo más salvaje, cubrió los labios entreabiertos de Valeria.
—Agárrate a mí. Agárrate fuerte, bonita.
Valeria obedeció antes de que su mente lógica pudiera intervenir. Sus dedos se cerraron en los costados de la chaqueta del desconocido, encontrando músculo duro y una resistencia implacable bajo la fina lana. Él la estrechó más contra sí. Su barbilla rozó la curva de la mandíbula de ella en un gesto que era mitad contención y mitad posesión.
En ese instante, la oscuridad dejó de ser un vacío amenazante para convertirse en un lienzo negro donde cada sensación se magnificaba con una crueldad deliciosa. Valeria notaba el calor abrasador que él irradiaba a través de la tela de su camisa de vestir. El latido de su corazón —apacible, poderoso, indomable— golpeaba contra su mejilla. Los pulgares del hombre comenzaron a trazar círculos hipnóticos en su espalda alta, justo donde la piel se volvía más sensible bajo el tejido caro de su traje de ejecutiva.
Su pánico no desapareció, pero mutó. Se transformó en una corriente eléctrica que bajó por su columna y se instaló con un peso líquido y caliente entre sus muslos.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó él en un susurro, rozando su oreja con los labios.
—Valeria... —alcanzó a decir ella, aferrándose más a sus hombros—. Valeria Vega. ¿Y tú?
—Ji-hoon —respondió él, exhalando un suspiro que quemó la piel de su cuello—. Recuerda mi nombre, Valeria. Porque no pienso dejarte caer.
El mundo de la joven se contrajo a la sinfonía de sus respiraciones entrelazadas. El miedo ya no era lo único que hacía temblar sus rodillas. Había algo despiadado en la forma en que la penumbra los había despojado de etiquetas, títulos y miradas, dejando solo piel buscando piel. El cuerpo de aquel hombre, alto, atlético e innegablemente masculino, se convirtió en su único punto de referencia en un universo que giraba demasiado rápido.
Un pitido electrónico interrumpió el momento de forma brutal. Fue un intruso que destrozó el hechizo justo cuando el calor del aliento de Ji-hoon ya marcaba territorio sobre sus labios. Las luces del ascensor explotaron en un destello blanco y cegador. Ambos se vieron obligados a cerrar los párpados con violencia.
El contacto físico se rompió con una crueldad que dejó a Valeria desorientada, colgando en el espacio vacío donde antes había existido un cuerpo sólido y reconfortante. Cuando finalmente sus pestañas se alzaron, parpadeando contra la fluorescencia impía, el mundo se reconfiguró con una claridad que le resultó casi obscena.
Lo primero que capturó su atención fue la estructura ósea del rostro de él. Tenía una mandíbula tallada con precisión escultural, rasgos delicados y una piel perfecta que parecía iluminada desde dentro. Sus ojos oscuros y almendrados la devoraban con una intensidad tan alta que hizo que el estómago de Valeria se contrajera con fuerza.
El joven llevaba una gorra negra hacia atrás, dejando al descubierto una frente noble y unas cejas muy bien perfiladas que se fruncían ligeramente en una expresión entre la preocupación y el asombro. Su cuerpo —y ahora ella podía verlo, Dios, realmente podía verlo— era una promesa de poder contenido: hombros anchos que estiraban la tela de una camisa negra de manga larga, un cuello fuerte donde una vena palpitaba visible, y unas manos que aún flotaban en el aire entre ellos, como si no quisieran romper el contacto fantasma que la oscuridad les había permitido.
Al mismo tiempo, Valeria se vio reflejada en las pupilas dilatadas de Ji-hoon. Vio a una mujer con los pómulos sonrojados, los labios hinchados por la proximidad del beso frustrado y unos ojos verdes que brillaban con una vulnerabilidad que jamás se permitía en las salas de juntas. Su cuerpo latino, espectacular y curvilíneo, contrastaba con la rigidez del entorno.
El ascensor emitió un suave
ding y las puertas plateadas se abrieron con suavidad hidráulica, revelando el pasillo alfombrado de la planta de las suites presidenciales. La luz cálida de las lámparas de araña proyectaba sombras doradas sobre las paredes de mármol.
Ninguno de los dos se movió. Valeria intentó enderezar los hombros, tratando de recordar desesperadamente quién era: Valeria Vega, directora ejecutiva, una mujer de acero y de decisiones millonarias. Sin embargo, sus piernas traicioneras seguían temblando, convertidas en gelatina por el pánico residual y por algo más profundo, más peligroso, que recorría sus venas como fuego líquido.
Ji-hoon la observó durante un latido largo y espeso. Su mirada recorrió el desorden elegante de su cabello castaño, la forma en que la blusa de seda se adhería a su piel por la sudoración de la angustia, y la pequeña cicatriz casi imperceptible que ella tenía en el mentón. Para él, en ese preciso instante, ese era el detalle más erótico que había visto en toda su vida.