El silencio post-funeral que envolvía la estancia principal de la mansión fue fracturado de manera abrupta por Susana. Presa de una marea de emociones que su carisma habitualmente pulcro no lograba contener, la ejecutiva mayor se puso de pie, arrugando sutilmente la tela de su vestido.
—Quiero salir —anunció Susana, con una urgencia que no admitía réplica—. No quiero estar encerrada aquí.
Los presentes la miraron con una mezcla de admiración y sorpresa ante su vulnerabilidad. Martín, asumiendo