La autopista que unía Busan con Seúl se extendía bajo un manto de nubes bajas, pero en el interior del habitáculo del vehículo, la tensión helada del altercado había comenzado a disiparse. Ji-hoon conducía con la vista fija en la carretera, manteniendo una mano firme sobre el volante y la otra entrelazada con los dedos de Valeria. El calor que emanaba de la piel de él era el recordatorio constante de que la tormenta exterior no podía tocarlos. Valeria, recostada contra el asiento del copiloto,