24. Pide tus deseos
Sus dedos viajan desde mi clítoris, hasta mi entrada, en un juego maldito, que me hace jadear y retorcerme. Su aliento sobre mis muslos me tiene vuelta loca, por lo que arqueo mi espalda y levanto mis caderas, para que haga algo y alivie esta necesidad de sentir su lengua, donde convergen mis piernas.

Cuando da la primera lamida y toca ese punto que estaba expectante de su lengua, siento escalofríos por toda la columna, que sube y vuelve a bajar, para convertirse en una danza de sensaciones.

—Er
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