Serena notó la mirada, rápida y aguda. Se acercó al mostrador, acomodando a Clara más arriba en su hombro. —¿Les queda alguna habitación privada?
El personal lo comprobó. —Lo siento, solo queda una.
Serena se giró hacia Dante, con la voz ligera, casi alegre, como si todo el intercambio no fuera nada en absoluto. —¿La tomamos?
—Sí.
El personal finalizó la reserva rápidamente, tecleando en la pantalla sin levantar la vista. —Esta es la última habitación privada. Por favor, conserven su llave.
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