—Señorita Valdés, por favor.
Elías extendió una mano hacia ella.
Sofía Valdés miró el plato frente a sí: un corte T-bone apenas sellado, con la sangre todavía escurriendo. El simple olor le revolvió el estómago.
—Señor Casanova, no tengo hambre.
La verdad era más simple: no necesitaba cenar.
Salvo en contadas ocasiones de compromiso, de noche nunca quería probar bocado.
Elías se acomodó en la silla de enfrente. Sus dedos largos y huesudos descansaban sobre la mesa, jugando con la copa de vino.
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