Capítulo 31. Una segunda oportunidad
—Pasa, Avery. No muerdo… a menos que me lo pidas.
La voz de Dominic sonó ronca, casi ahogada, sin alzar la mirada. Su cuerpo estaba encorvado en el gran sillón de cuero de la sala de su apartamento, como alguien acostumbrado a refugiarse en soledad. La tenue luz de la lámpara colgante acentuaba la línea rígida de su mandíbula, pero sus ojos se veían apagados.
Avery se quedó de pie en el umbral de la puerta entreabierta, con la mente enredada, conteniéndose para no dar un paso hacia adentro.
—Qu