Alana
El aire helado de Londres me golpea el rostro en cuanto salimos de la terminal privada. La llovizna fina de la ciudad me devuelve a la realidad de golpe: las "vacaciones" obligatorias en Venezuela quedaron atrás y la tormenta legal nos espera a la vuelta de la esquina.
Caminamos hacia el auto ejecutivo que nos aguarda en la zona reservada. James, impecable con su traje oscuro, se apresura a abrir la puerta trasera al vernos llegar.
—Mamá, él es James —digo en español, señalando al hombre