Alana.
El taxi se detiene finalmente. Al levantar la mirada a través del parabrisas, el estómago se me contrae en un puño. La propiedad que se alza ante mí es tanto imponente como gelida, de una manera casi insultante.
Me siento intimidada, pero no es momento de echarse para atrás.
Antes de que el chofer pueda siquiera anunciar nuestra llegada por el intercomunicador de la entrada, las pesadas rejas de hierro forjado comienzan a abrirse de par en par con un chirrido lento y ensordecedor. Nadie