Alana.
Llevo veinte minutos despierta; veinte minutos exactos sin atreverme a mover un solo músculo. Ni siquiera me atrevo a respirar, y eso es decir mucho.
A mi lado, el calor del cuerpo de Christopher es un recordatorio físico y abrumador de cada maldito segundo de la noche anterior. Me tienta la idea de girarme, de mirar cómo se ve el hombre implacable de Ashford Manor cuando sus defensas caen por completo en la intimidad de su cama. Pero sé que si lo hago, mis propias barreras van a tamba