Su momento no podía durar demasiado, porque Leo asintió hacia el exterior de la sala de conferencias.
—Vamos. Ya nos reuniremos con la señora Humble.
—Adrian está aquí también.
—Tuve que convencerlo para que nos dignara con su presencia, al menos diez minutos. —Leonardo chasqueó la lengua—. No está muy feliz, claro.
—Eso noté. Los vi discutir aquí dentro como un matrimonio cuando llegué.
Leo enarcó una ceja.
—¿Tú y yo discutimos de esa manera, nena?
—Bueno, no tanto. —Torció los labios, juguete