—Tengo la ligera sospecha de que nada calmará la inquietud de Le Roux —comentó Adrian Ross, acompañado de Leonardo, el jefe Reynolds y Alessa, quien se mantenía en una esquina del cubículo de cristal, completamente neutral en la conversación.
—¿Qué quiere entonces? ¿Desaparecer a Alessa de la faz de la tierra? —cuestionó Reynolds con una ceja alzada.
—Siempre que le sirva para joderle la vida a mi querido amigo aquí presente. —Ross se aproximó a Gold, mientras este se balanceaba en una silla—.