NATHALIE
Cuando despierto, a la primera persona que veo es a Santiago; mi mano va instintivamente sobre mi vientre, luego los recuerdos llegan como una tormenta o un huracán, me desespero, quiero levantarme, pero el dolor me invade, Santiago me detiene, pide que me calme.
—¿Dónde está? Dime que fue un mal sueño y que ella está bien.
—Primero cálmate, Nathalie, respira profundo y enfoca tu mirada en mí.
—No soy tu paciente, Santiago, solo quiero saber dónde están mis hijos. —Lo único que me importa ahorita son ellos, mis hijos; mi niña no la llegué a oír llorar. Muevo la cabeza de un lado al otro, negándome a la idea de que algo le hubiera pasado; no puede ser cierto. La angustia se apodera de mi pecho; mi corazón se parte en dos si es verdad lo que pienso; me voy a volver loca si no me dan respuestas.
No escucho nada; otra vez el silencio se va apoderando de mí. Siento un ligero dolor, pero nada se puede comparar a la falta de respuestas, a que nadie se dé cuenta de que este limbo me