DAMIÁN
Casi mato al médico cuando me dijo que debía quedarme un día más, pero todo era parte de su negro sentido del humor. Es que estaba desesperado; toda la noche me la pasé casi en vela; a cada enfermera que entraba le pedía que revisara todo muy bien, que no quería alguna sorpresa a la mañana siguiente y que me digan que no podían darme de alta. Parecía un ave enjaulada; no era porque odiara el hospital, era porque quería estar con mi familia, abrazar a mi esposa y hablarle a mis hijos; la señal aquí es pésima y casi no pudimos hablar.
—Dime de una vez, te firmo esa maldita alta, ya no aguanto estar aquí. —Es insoportable estar sin mi esposa, no puedo creer que yo, Damián Harper, esté tan angustiado por ver a una mujer, pero no es cualquier mujer, es la mujer que finalmente me hizo dar cuenta de que dentro de mí había un corazón.
Como aparición divina aparece el médico y me dice que todo salió bien en las radiografías que me hicieron ayer por la tarde, unas que Dios demoraron hora