DAMIÁN
—Damián, me confundes. ¿Qué sucede contigo? No digas que nada, porque no soy tan tonta, no soy ninguna cria.
Me pregunta y es aquello que no me sentía capaz de responder; doy vueltas en la habitación como si fuera un pájaro enjaulado, simplemente debo calmarme y no hablar demas.
—Voy a traerte un té de algo que encuentre para que te calmes, no estás bien.
—¡Peor voy a estar si no me dices qué pasa! No me trates como una niña pequeña; puede que seas mayor que yo, pero no eres mi padre. Yo tengo casi treinta años y tengo tus hijos en mi vientre; lo mínimo que me merezco es la verdad.
Está alterada y ahora se levanta; según yo, nada ni nadie me daba miedo siendo ya un adulto; en cambio, estoy casi temblando porque puede enterarse de lo que guardo en mi pecho por ella. Es que no entiende, no he tenido tiempo ni de aclarar bien las ideas; sé que la quiero, que deseo despertar todos los días a su lado; inclusive sin darse cuenta me ha enseñado a amar a nuestros hijos. Su manera de re