Pensé en Oscar, uno de los mejores abogados del país, pero su agenda siempre estaba llena y sus honorarios eran elevados. No tenía la suficiente confianza para pedirle un favor tan grande.
—No te preocupes por eso, Sofía. Puedo encargarme de los abogados.
—Está bien —contesté, aliviada.
Sara titubeó:
—Sofía…
—Dime, no tienes que andarte con rodeos conmigo.
Me preocupaba que estuviera enfrentando un problema más grave y no quisiera decírmelo.
—¿Tú trabajas como asistente del señor Cruz, verdad?
—