—Lo llevas escrito en la cara, casi como si tuvieras un cartel que dijera «no estoy de buen humor».
—¿De verdad? —Toqué mi rostro instintivamente.
De inmediato me congelé.
Siempre terminaba siendo torpe frente a él, y ese gesto acababa de delatarme. Era como si estuviera confesando en silencio lo que tanto quería ocultar. Sentí que estaba a punto de admitirlo en voz alta.
Sebastián soltó una risa suave.
—¿Es algo del trabajo?
—No. —No podía decirle que la mujer que él apreciaba había maltratado