Debía verme como una fiera enfurecida, con los ojos llenos de rabia y dolor, desquitándome injustamente con Sebastián.
Imaginé que, siendo Sebastián como es, me ordenaría bajar del coche, me miraría con frialdad y me respondería con su tono gélido, dejándome sin palabras.
Pero, para mi sorpresa, no lo hizo.
Sacó un pañuelo de cuadros de su bolsillo y me lo ofreció. Sí, otro pañuelo de cuadros. ¿Un hombre que siempre lleva un pañuelo limpio? Me pareció un detalle encantador.
Pero estaba enfadada