Encendí la ducha y sentí cómo el agua caliente y abundante se derramaba sobre mi cuerpo. Cerré los ojos y apoyé las manos en la pared blanca, lisa y perfectamente limpia. Podría quedarme en esa ducha para siempre y no me cansaría.
Abrí el champú que usaba todos los días antes de salir y me lo pasé por el pelo castaño. El aroma se extendió por la cabina de ducha, irritándome las fosas nasales. Sonreí y me enjaboné más de lo habitual, jugando con el producto en el pelo.
Apreté la botella de jabón