Oí...
Me desperté con el tictac del reloj y la sensación de que mi cabeza pesaba unos cincuenta kilos. Le pedí a la criada dos analgésicos, que dejó preparados para cuando saliera de la ducha.
Me puse un traje blanco de lino y me miré en el espejo, insegura de poder pasar por una mujer seria y responsable. Abrí el cajón del maquillaje y miré las cajas selladas que me había enviado Theo. Las toqué con ternura. Si él supiera la verdadera razón por la que nunca las he abierto ni utilizado... Suspiré, se