No intercambiamos otro beso aparte de aquel impresionante. Volvimos al piso, concentrados en hablar de nuestras mascotas y de cómo les iba.
Cuando entrábamos en el aparcamiento, sonó mi teléfono. Era un número desconocido.
- ¿Señorita Maria Lua?
- ¿Quién es? - pregunté, curiosa.
- Gregório... O Greg, como me llamabas.
- ¿Greg? - Sonreí. - Te echo de menos. ¿Puedes creer que el gato de Theo me mordió? Casi me muero.
- Estaba allí esta mañana cuando el Sr. Theo te llevó al hospital. Y es exactame