LA puerta del consultorio de la doctora Felicia Granger se cerró con un clic cuando Amelia y su madre entraron, guiadas por la enfermera. El despacho estaba impecable; sus paredes de color crema pálido estaban adornadas con certificados enmarcados, una foto familiar y una estantería llena de revistas médicas. Un leve olor a antiséptico flotaba en el aire, aunque suavizado por el difusor de lavanda en el escritorio de la doctora.
Amelia caminaba despacio, con la espalda encorvada por el peso de