EL silencio se había prolongado demasiado. Semanas de miradas gélidas, frases cortantes y desaires habían endurecido los muros entre Adrian y Amelia. No importaba cuántas veces él llamara a esa puerta invisible con disculpas, regalos o las palabras suaves que rara vez pronunciaba; ella nunca abría. Y Adrian, un hombre acostumbrado a tener el control, se estaba desmoronando bajo el peso del rechazo.
Aquella tarde, sentado en su estudio, presionó el teléfono contra su oreja, esperando. Le había j