Todo era surrealista, parecía estar en un lugar desconocido.
—Ven conmigo hijo.
La voz del anciano tenía más firmeza que la mía, eso fue lo único que solo habló, tal vez fue el estado de somnolencia, dejé de resistirme, Rata me soltó sin bajar la guardia. Me acerqué a don Fausto.
—Por favor no la desconecte.
Supliqué. Las enfermeras atendían a Cebolla y a Santiago.
—No sé mi hija que vio en ti.
Quise contestarle que yo tampoco lo sabía, pero algo estaba logrando desde mi pecho.
» No dejaré a