El tiempo se había detenido ante la espera de que los paramédicos hicieran su trabajo.
—¡Volvió el pulso!
Gritó un paramédico, pegué mis labios en su frente, me quedé así hasta que aterrizamos en la azotea de la clínica. Nos esperaban, me quitaron de su lado, Rata intentó retenerme, me zafé y seguí como sonámbulo la camilla donde la transportaban. La metieron en el quirófano, ahí no pude entrar.
—Don Roland. —Era la segunda vez que el doctor Mendoza atendía a Verónica—. No puede entrar, señor.