Quería abrazarlo, sin embargo, logré contenerme, me senté a su lado y la fresca brisa golpeó en mi rostro, le di a entender que siguiera.
—¿No te enojarás más?
—Depende. —nos miramos por un rato—. Con la verdad no se pelea, Roland —desvió su mirada.
—Antes de que tú aparecieras. —Se encogió de hombros—. Hace unos cuatro meses, cuando viajé a Barranquilla para mirar las obras, me quedé en la casa de Andrés, mi socio. —Le costaba darme su confesión o revelarme una parte de su misteriosa y her