—Mi señora Verónica, no tengo idea, solo le puedo decir lo mismo que le dije a ella. Mi Renacuaja es mía.
—Entonces me alegra que ya sean novios.
—Nadie será más importante que ella, la etiqueta me tiene sin cuidado.
—La cuidarás, esa niña vale oro.
—Lo sé. —terminé de cambiar a mi gordito—. Jefecita, también es bueno que deje de engordar a estos mastodontes, dentro de poco los tomaré para hacer ejercicios, me servirán en remplazo de las pesas.
—¡Arnold! No te metas con mis hijos. —comenté sonr