Los besos en mi espalda me despertaron. Me di la vuelta, sonreí. Mi güerito tiene su encanto, debe ser el amor, ahora lo veo más bello.
—Buenos días.
Solo hizo un gemido y siguió besando mi espalda hasta llevar a mi trasero y pegarme una palmada duro, grité.
» ¡Idiota! —soltó una carcajada, me sobó el lado afectado.
—Sirena, arréglate. Vamos quiero darte mi principal regalo de Navidad.
Me dio mucha pena salir del cuarto de Arnold, sobre todo cuando llegamos al comedor y los señores estaban toma