Capítulo 20.
Violeta.
Las mañanas habían comenzado a sentirse menos como una condena y más como una rutina, lo cual, supuse, era una pequeña bendición en sí misma.
A Alina y a mí nos habían asignado juntas para las tareas del día, y para cuando arrastramos la segunda cesta de sábanas hasta el cuarto de lavado, me di cuenta de que estaba sonriendo. No la sonrisa cuidadosa y ensayada que usaba para la Ama de Llaves, sino algo más suelto. Algo que no parecía pertenecerle a Carmel en absoluto.
—Estás haciendo e